sábado, 5 de marzo de 2011

Y ahora qué de Verdad


Y ahora, 4 años después me sonríes y quieres que todo quede en un “lo siento” por tu parte y en un “te entiendo” por la mía. No soy rencoroso. Pero me cambiaste. Me volviste frío, calculador y mezquino. Pero de vuelta esperas sonrisas y aventuras de mí como si el pasado, pasado fuera. Cuando por tu culpa nuestro pasado, pasado será.

Y cómo te explico lo que yo he pasado. Y cómo te hago ver lo que yo he sufrido. Y cómo. Sufrí tal cantidad de todo que no era dolor, era Miedo, miedo que duele, miedo que mata que ahorca, no miedo de ese tipo que tenemos cuando estamos a oscuras. No. Miedo por sufrir sin medida. Miedo por la falta de aire. No, falto de aire no, falto de vida, miedo por ver que de repente te falta vida y preocupación por no volver a recuperarla. Miedo al Miedo. Miedo del malo, miedo hipotecado.

Pero tú sigues, tú me miras, sonríes inocente (y persuasiva), con ese vestido de amapolas a juego con el verano y haces gestos típicos de alguien que nunca me ha hecho ningún mal.

Y yo…pffff. Y yo que he soñado y mil calculado este momento para decirte lo qué mal pasé y cómo, pero tú nada, sonríes me preguntas qué tal todo y yo…en fin, yo te miro cohibido y sólo te digo: ¡Nada, muy bien! ¿Y tú qué tal…?


Y ahí es cuando firmo la hipoteca de por vida. Y de único testigo, el silencio.



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